Fotos de fila brasileiro

Date: 24.10.2018, 11:19 / Views: 95133

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A las ocho de la mañana del día 22 de noviembre de 1975 quedó instalada la capilla ardiente con el cadáver del Jefe del Estado Francisco Franco Bahamonde en el Salón de Columnas del Palacio de Oriente. A esa misma hora se abrieron las puertas del Palacio al público. Sin embargo, desde muchas horas antes, las colas de personas para pasar ante el túmulo, se habían ido formando. El frío, en la plaza, era muy intenso.

En toda la zona fueron instalados altavoces que emitían constantemente música sacra. El espectáculo, desde la plaza de Oriente, fue sobrecogedor. Cada quince minutos, retumbaba el cañonazo de ordenanza en honor del Caudillo muerto. En el mástil izquierdo del Palacio ondeó la bandera nacional a media asta. Las colas se movían lentamente, irregularmente, hasta con fondo de seis o más personas. Las vallas habían sido colocadas junto a los jardines, para no interrumpir el trabajo de los operarios que montaban la gran plataforma, donde habría de celebrarse el funeral público, presidido por SS.MM. los Reyes.

En el lento avance de las colas se observaba a mujeres llorosas, jóvenes, curas, monjas, personalidades de la Administración, militares, niños... La Policía Militar se encargaba de encauzar a las personas hacia la plaza de la Armería, donde el silencio era impresionante. La parte baja del Palacio estaba llena de coronas y había sido necesario habilitar los soportales de la plaza para las que estaban por llegar.

Dentro, en el Salón de Columnas, habían sido colocados cuatro ramos de flores  ante el cadáver del Generalísimo. Un capitán legionario depositó su gorra frente al túmulo mortuorio. Las primeras coronas llegadas a Palacio fueron enviadas por primeros mandatarios de todo el mundo y por las diferentes instituciones del país. El Emperador del Japón, Hassan II, la reina de Inglaterra, los príncipes de Mónaco y las primeras autoridades de los Gobiernos de Grecia, Canadá, Chile, República Dominicana, etc.

Las escenas de emoción se sucedieron a lo largo de las tres jornadas que estuvo instalada la capilla ardiente. Rostros llorosos, silencios expectantes. Se vieron asimismo inválidos, a los que se dio preferencia para desfilar ante el Caudillo. Las largas colas continuaron desbordándose, nutriéndose sin cesar de personas que acudían ansiosas parar dar su último adiós a Francisco Franco.

A las siete y treinta de la madrugada del domingo día 23, la capilla ardiente quedó cerrada al público. Cálculos aproximados indicaron que cerca de medio millón de personas desfilaron ante Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España.  

  

Españoles de todas las condiciones, de todas las clases sociales, de todas las edades, acudieron a la plaza de Oriente para rendir el último tributo ante quien durante casi cuarenta años llenó una de las más sublimes páginas de la Historia de España. Si los testimonios de afecto y de dolor se habían dejado sentir en el silencio del multitudinario desfile ante el cadáver de Francisco Franco, los llantos incontrolados del sentir popular dejaron entrever el respeto, la admiración y el dolor ante quien para siempre comenzaba una vida eterna, ante quien nació bajo el Sacramento del Bautismo y entró ante el Todopoderoso como un gran cristiano.

Recibió el último tributo de las Fuerzas Armadas que interpretaron el toque de silencio, que tantas veces Franco había presidido en la Oración de la noche en el amplio y ancho batallar por los caminos de España, por una España mejor que siempre deseó. Mientras tanto, las calles de España estaban vacías. Los hombres y mujeres de esta España a la que él tanto amó se fundieron en apretado haz en la paz de sus hogares para decir, por medio de su televisor, el último adiós a nuestro Caudillo. La homilía del Primado de España recogió la semblanza de un soldado, del mejor de los soldados de nuestra Patria.

La plaza de Oriente, testigo esencial de los grandes aciertos de Franco, testigo también de los desagravios a su figura por quienes no quisieron entendernos, se vistió de luto y de serenidad, rompiendo en gritos cuando el cuerpo del Jefe del Estado se alzaba sobre el túmulo en un camión militar.

S.M. el Rey, en coche descubierto, iba tras el cadáver del Caudillo a cuyos restos rodeaban su escolta. Las banderas nacionales con crespones negros aparecían en los balcones de Madrid. Al llegar la comitiva al Arco del Triunfo, Juan Carlos I pasó a un coche cubierto y los caballos fueron sustituidos por la guardia motorizada. Cientos de coches, cientos de periodistas seguían el cortejo fúnebre, acompañados por también cientos de coronas que habían llegado de todos los rincones de España y de todo el mundo. La familia de Franco, representada por el marqués de Villaverde y sus hijos, llegaron al Valle de los Caídos, mientras doña Carmen y su hija se quedaron orando en la capilla de El Pardo.

Iglesia y Estado vivieron así una de las jornadas más grandes de nuestra Historia. Dios por encima del hombre, y el hombre con su pueblo.

 

ARRIBA   

El sol había sido el aliado esplendoroso del día. Desde muy temprano, la gran explanada de la Basílica del Valle de los Caídos estaba repleta. Con uniformes o sin ellos, con gallardetes y banderines, Ejército, Vieja Guardia, Guardia de Franco, paisanos, hombres y mujeres, llegaron hasta Cuelgamuros para decir el último adiós. La banda del Ministerio del Ejército entonó la Marcha Real. El ataúd, portado por la familia de Francisco Franco, fue avanzando hacia la puerta de acceso a la Basílica. Justo al final de la escalinata, esperaba el abad mitrado, padre Luis María de Lojendio. Ante el Ministro de Justicia, Notario Mayor del Reino, recibió el cadáver.

Los aires recogieron los ecos del “Cara al Sol”, el “Oriamendi” y el himno de la Legión.

El féretro entró en la Basílica precedido de la Cruz alzada, inmediatamente detrás el abad mitrado y el maestro de ceremonias, los jefes y subjefes de las Casas Militar y Civil del Generalísimo. Tras el féretro, portado por el marqués de Villaverde, el duque de Cádiz, nietos del Generalísimo, don Rafael Ardid y ayudantes del Generalísimo, escoltados por soldados de la guardia personal de Franco y del regimiento de la guardia. Detrás el Rey e inmediatamente sus ayudantes, miembros de la familia y diversas personalidades que habían acompañado al cortejo desde Madrid, quienes fueron ocupando sus puestos, quedando totalmente repleto el recinto sagrado.

El ataúd fue depositado a los pies del altar mayor. En la parte del Evangelio se situó el Rey Juan Carlos I y al lado de la Epístola, el cardenal Tarancón, arzobispo de Madrid, entre el arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Marcelo González Martín y el cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla. Cerca del Rey, en un plano inferior, el Gobierno, el Consejo del Reino, diversas autoridades y la familia del Caudillo. Más atrás, los jefes de las misiones especiales extranjeras y cuerpo diplomático.

Pocos minutos antes de las dos se inició la admonición, seguida de un responso. Ante la tumba, el féretro fue depositado sobre el nuevo túmulo, tras el altar mayor. En este lugar fue bendecido por el abad. Momento emocionante el que siguió cuando el ministro de Justicia, señor Sánchez Ventura, pidió solemne juramento a los jefes de las Casas Civil . Fue cuando resonó la pregunta: 

- “¿Juráis que el cuerpo que contiene esta caja es el de Francisco Franco Bahamonde, el mismo que os fue entregado a las seis treinta horas de hoy en el Palacio de Oriente?” 

- “Sí, lo es. Lo juro”.

Acto seguido fue retirada la bandera de España con los atributos de mando que cubría la caja mortuoria. El abad bendijo el sepulcro y comenzó a descender el féretro hacia su definitivo lugar de reposo. Pocos instantes después fue colocada la lápida, en la que sólo podía leerse la inscripción “Francisco Franco”. Lápida igual que la que cubre la tumba de José Antonio y que había sido esculpida hacía veinte años.

Rezos, cánticos de la escolanía, incienso, lágrimas y emoción contenida. El Rey se colocó ante la lápida, inclinando la cabeza y orando. El entierro había concluido. Una etapa dilatada y fructífera de la vida española también había terminado.  

      

“No voy a detenerme en la exposición de mis sentimientos personales ante la muerte de Francisco Franco. He comprobado, en mi asiduo contacto con el pueblo llano, cómo la persona de Franco, a través, precisamente, de su dedicación a la política en servicio de la Patria, ha echado raíces en los corazones. Son numerosísimas las familias en que se llora a Franco como a un padre. Y me refiero, en la mayoría de los casos, a personas y familias de condición económica modesta, que no se han beneficiado con cargos ni emolumentos especiales, sino que agradecen, sencillamente, el marco espiritual y social que Franco ha asegurado para todos los ciudadanos. Y no son sólo personas de cuya juventud sintetizó con la gesta liberadora de 1936; es como una tradición familiar asegurada por nuevas generaciones.

Personas llenas de emoción, gratitud y compenetración cariñosa. Para ellas no tiene aplicación a Franco el supuesto desgaste de los políticos: cuanto más pasaba el tiempo, más encariñados se sentían con él y más confianza ponían en su gestión de gobernante. Esas personas están traspasadas por la emoción de haber vivido bajo un caudillaje culminante en la Historia de España.

En lo que a mí toca, baste decir que no me avergüenzo de compartir esos sentimientos ni de que por ese motivo estas mejillas se hallen emocionadas con frecuencia.

Pero acaso sea más significativo que diga algo como representante de la Iglesia.

En septiembre de 1974, tras la enfermedad que Franco padeció aquel verano, coincidiendo con el declive y la proximidad del final de su vida, publiqué una exposición sobre «La Iglesia y Francisco Franco». En aquel reportaje incluía unas pocas, entre las muchas, manifestaciones laudatorias de Papas y obispos, que van desde Pío XII y los obispos contemporáneos de la Guerra de España ( de la que sólo sobrevive uno) hasta el Papa Pablo VI, (en una comunicación personal, hecha pública por otras fuentes eclesiásticas) y a prelados españoles vivientes, como, por ejemplo, los cardenales Bueno Monreal, Enrique Tarancón, González Martín (cuyas manifestaciones son, en unos, de ahora mismo; en otros, no lejanas en el tiempo).

Los elogios para la actitud y obra de Franco emitidos por esos prelados, tanto si se atiende a su contenido como a su unanimidad y persistencia a través de decenios, difícilmente los habrá recibido durante su vida ninguna otra persona en los últimos siglos.

A estos testimonios y a tantos otros ya publicados se podía unir uno quizá inédito y muy esclarecedor de tantas cosas raras. Confío en quienes puedan atestiguarlo lo hagan público en su integridad y con toda exactitud. Se trata de que un día el Papa Juan XXIII encargó expresamente a un cardenal de la Curia Romana que en su visita a Franco le trasmitiese una bendición especial y le asegurase la gran estima y cariño que el Papa le tenía, añadiendo que, por ciertas circunstancias, el Papa no podía decir públicamente su sentir. Franco escuchó este mensaje en posición militar de firme y con lágrimas de emoción.

Por supuesto, los elogios aludidos no tomaban partido por lo que en política entienden de contingente y oponible. Pero tampoco se reducían a unas muestras de cortesía o de elogio ocasionales o al respeto debido a toda autoridad. Elogia únicamente una buena intención. Elogia una ejemplaridad personal y religiosa; el empeño con que trató de proyectar en la vida e instituciones públicas su condición de cristiano y la Ley de Dios proclamada por la Iglesia, que con la vocación cristiana exige de los seglares y que tan vigorosamente ha reafirmado el Concilio Vaticano II: el funcionamiento de la misión de la misma Iglesia con respecto a su independencia, etc.

Por esto, tales elogios no están ligados a circunstancias superadas: tocan valores fundamentales que la Iglesia estima imperativos en todo tiempo, aunque varíen las modalidades de la ordenación política. Así es de esperar. Y en ello confiamos que esos valores sigan siendo servidos por las autoridades e instituciones españolas, y a la cabeza de todos, por el sucesor de Franco, el Rey Juan Carlos de Borbón”.

Monseñor Guerra Campos. Obispo de Cuenca  

    

“Estos días se ha dicho casi todo sobre Franco, ese hombre. Se ha olvidado, sin embargo, una faceta esencial. Hemos conocido todos al Franco hermético, aislado en la cumbre del poder y de su identificación histórica con la vida de una nación convulsa, primero, luego en paz, luego enfrentada, con otras coordenadas, a sus problemas eternos. Pero nadir ha recordado que este Franco del estereotipo y de las biografías apresuradas nació en 1931, ante el choque brutal de su carrera y su ideal de España con las pequeñas cosas de la República, que impuso, a las pocas semanas, la primera nota desfavorable en la más dilatada y limpia hoja de servicios del Ejército español en el siglo XX.

Porque en Franco, nacido una madrugada de diciembre de 1892, no era así. Era un oficial simpático, extrovertido, amigo de sus amigos, que llegó a mantener dos tertulias en cafés de Madrid; que vivía la vida de la sociedad zaragozana, que contaba chistes, que permitía a su lado el normal florecimiento de las indiscreciones; que poseía, desde sus tiempos de capitán, un sentido profundo de las relaciones públicas, permitía que sus amigos le organizasen homenajes a cada retorno del frente africano; un poco trasnochador, moderadamente –porque todo lo ha hecho con moderación- adicto a la vida de relación cuando aún era soltero, y si bien todo el mundo ha considerado a Carmen Polo como el gran amor de su vida, a partir de 1917 nadie ha querido hablar de las otras tres novias del capitán y del comandante Francisco Franco, a pesar de que las tres, felizmente, viven y recuerdan; a pesar de que una de ellas –una de las grandes bellezas de su tiempo- quiso seguir siéndole fiel.

Pero en estos tiempos de reflexión, Franco es, ante todo, una época. ‘Era de Franco’, la ha llamado un ilustre historiador que no puede calificarse como propagandista de su Régimen. Entre 1936 –quizá arrancando de 1935- y 1975 habrá un capítulo que las futuras historias de España –sea cual sea el siguiente- que se llamará la época de Franco. Nunca una persona aislada, individual, se ha identificado de semejante forma con un período histórico.

Esta época ha tenido, como todas, luces y sombras. Se marchitarán, entre ellas, las anécdotas. Permanecerán los grandes jalones. Estos: Franco recibió una España desintegrada y nos entrega una España posible; recibió una España analfabeta en su tercera parte larga y nos entrega una España sin analfabetismo; recibió una España hambrienta en cinco millones de sus hijos, con un hambre crónica que se hacía aguda cada invierno desde que España es España, siglos de oro incluidos, y nos entrega una España de la que ha desaparecido el hambre como lacra secular, como maldición histórica.

Lo demás será controversia, exaltación o pequeñez. Claro que Franco tendrá, como todos los grandes de la Historia, su hora de los enanos. Pensando en esa hora inevitable escribió este historiador una biografía de mil quinientas páginas, con una sola finalidad; cribar los ataques futuros indiscriminados contra Francisco Franco, de forma que cuando alguien escribiese alguna tontería, se supiese inmediatamente que se trataba de una tontería.

No sé cuál va a ser el juicio de la Historia sobre Franco. En gran parte ello dependerá de la evolución del posfranquismo; porque la historia-juicio depende siempre, aunque no lo parezca, de la historia-suceso, incluso para su enfoque durante una o varias generaciones. Pero después de hablar muchas veces con Francisco Franco, después de haber conocido de cerca su mirada y sus silencios y sus expansiones sobre África hay algo de lo que estoy seguro: Franco espera el juicio de esa Historia, y el juicio de Dios, con la misma serenidad absoluta que ha sido el clima interior de su vida.”

Ricardo de la Cierva  

    

Y nos dejó un maravilloso testamento.

Un testimonio de PAZ:

“Por el amor que siento por nuestra Patria os pido que perseveréis en la unidad y en la paz.”.

Una afirmación de PATRIA:

“Deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal.”

Una confirmación de la RELIGIÓN:

“Pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico.”

Una manifestación de ESPÍRITU:

“No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.”

Una aseveración de UNIDAD:

“Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de España.”

“Quisiera en mi último momento unir los nombres de Dios y España, y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte: ¡Arriba España! ¡Viva España!”  

    





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