Fotos de la tumba del rey david

Date: 18.10.2018, 06:44 / Views: 63495


La doctrina más importante de la fe cristiana (Parte 1)

Serie de Estudios sobre Primera de Corintios: Cap. 15:1-34

I.  ¿Por qué Pablo trata este tema?

La doctrina acerca de la resurrección de Cristo es el pilar y base de nuestra fe cristiana. Tan importante es esta verdad que si ella no fuera real, todo lo que creemos con respecto a la divinidad de Cristo, las promesas de la vida eterna y su autoridad como hijos de Dios, simplemente se vendría abajo. Nuestra fe y nuestro mensaje quedarían como la más grande mentira de toda la historia. El hecho de que Cristo haya resucitado de entre los muertos, confirma que es mucho más que un profeta o un fundador de una nueva religión, como ha habido muchos a lo largo de la historia: Sidharta Gautama, Buda, Mahoma, Confucio, Krishna, etc. Todos ellos encabezaron movimientos religiosos que produjeron las grandes religiones de hoy. Sin embargo, ninguno de ellos pudo vencer a la muerte y resucitar, como Jesús lo prometió y cientos de testigos le vieron.

Sin embargo, por ser esta la doctrina más importante de la fe cristiana, ha sido también la más atacada por los enemigos del cristianismo. Desde sus mismos comienzos, la verdad de la resurrección de Jesucristo ha sido objeto de innumerables ataques y cuestionamientos. Los primeros cristianos sufrieron persecuciones y hasta pagaron con sus vidas por defender aquello que creían.

El apóstol Pablo resalta la importancia de esta verdad de la resurrección de Cristo con estas palabras: “porque si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados“ (1 Cor. 15:17).

 

II. Dudas en la iglesia de Corinto

En el versículo 12 de 1 de Corintios 15 Pablo mismo deja ver con claridad que algunos en la misma iglesia estaban enseñando que Jesucristo nunca resucitó. Quiere decir, que además de las contiendas, los pecados dentro de esta iglesia, los problemas en la cena del Señor, el mal uso de los dones espirituales, para acabar de completar, en la misma iglesia algunos entre ellos estaban sembrando confusión poniendo en duda la doctrina más importante de la fe cristiana.

Podríamos decir que esta iglesia representa la unión de todos los males que pueden existir dentro de una congregación cristiana. Uno de ellos es el espíritu de confusión que siembran aquellos que se apartan de la sana doctrina y arrastran tras de sí a los incautos.

En Rom. 16:17, el apóstol Pablo declara lo siguiente: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. “La iglesia de Corinto había fallado en esta instrucción tan importante y según habían sido tolerantes con el pecado, lo estaban siendo también con los que contradecían los principios del evangelio.

Una iglesia sana tiene que tener como base y fundamento la palabra de Dios. No puede depender de las opiniones de algunos, de conceptos y doctrinas de hombres, aunque provengan del líder o del pastor. La Biblia tiene que ser la corte final de arbitraje en todo asunto de fe. Lamentablemente algunas iglesias se dejan llevar por cualquier viento de doctrina; especialmente aquellas que le dan mayor credibilidad a supuestas visiones, nuevas revelaciones y profecías que no tienen respaldo en la verdad revelada. Un ejemplo claro de esto son las iglesias que enseñan la doctrina de la prosperidad (súper fe) que han fabricado un “evangelio” de codicia y avaricia con un Cristo diferente al que nos presenta la Palabra de Dios. Otro ejemplo son las iglesias que viven bajo el misticismo, siguiendo a individuos que declaran ser profetas ungidos (Gál. 1:6-9).

 

III. La base de la doctrina de la resurrección de Cristo.

La doctrina de la resurrección no surgió como un elemento de fe, producto de la imaginación de los primeros cristianos. Fue un hecho histórico, visto y atestiguado por cientos de personas, quienes estuvieron dispuestos a sufrir torturas, tormentos y hasta la misma muerte por afirmar este suceso.

Una guardia romana armada custodiaba celosamente el sepulcro de Jesús. Los discípulos que habían demostrado cobardía al huir dejando a Cristo solo, no pudieron haber regresado para enfrentar a ese grupo de soldados y robar el cuerpo. Ni los romanos y mucho menos las autoridades judías les interesaban deshacerse del cadáver, haciendo el problema aún mayor. Las teorías de que Jesús no murió, sino que quedó inconsciente y luego despertó, movió la piedra y salió sin que nadie lo viera (después de tantas heridas y pérdida de sangre), son absurdas y sin fundamento alguno.

¿Pero por qué es importante la resurrección? Por el simple hecho de que Jesús prometió claramente antes de morir que él seria crucificado, moriría y resucitaría al tercer día (Mat. 16:31, Mar. 9:31, Luc. 24:7). Si este hecho no ocurrió, entonces Jesucristo queda ante la humanidad como un gran farsante y mentiroso. Pero esto no es todo. Si Jesús nunca resucitó, entonces no es quien él dijo que era: el Hijo de Dios. El que murió en aquella cruz fue un simple hombre, lo que quiere decir que nunca nuestros pecados fueron perdonados y todas las promesas dadas a los creyentes carecen de valor. Lo resume el apóstol cuando le dice a los corintios: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (15:14).

Sin embargo, por más que los incrédulos han intentado hallar la manera de probar que la resurrección de Cristo fue un invento o una mentira, jamás lo han logrado. Dos mil años después de haber ocurrido, la resurrección sigue siendo la columna sólida e inquebrantable de la fe cristiana. Los cristianos adoramos a un Cristo vivo, que venció a la muerte y se sentó a la diestra de la majestad de Dios, no a un simple ser humano que habló palabras elocuentes, o dijo palabras sabias.

 

IV. Conclusión

La resurrección de Cristo, además de probar sin lugar a dudas que ÉL es en efecto el Hijo eterno de Dios, también es la garantía absoluta de que nosotros algún día resucitaremos. En 1 Co. 15:18 dice Pablo, “Entonces también los que durmieron en Cristo, perecieron”. En otras palabras, si Cristo no resucitó, los que han muerto creyendo en El no tienen ninguna esperanza; se perdieron para siempre.

La promesa que tenemos, gracias a su resurrección, y que estudiaremos en la segunda parte de este estudio, es que con el mismo poder con que Jesús se levantó de entre los muertos, algún día a todos los que murieron en él, también dará la orden y resucitarán para gloria eterna.

 

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La doctrina más importante de Ia fe cristiana (Parte 2)

Serie de Estudios sobre Primera de Corintios: Cap. 15:35-58

I. La resurrección de Cristo y la esperanza de nuestra resurrección.

En esta segunda parte, veremos cómo el hecho irrefutable de la resurrección de Jesucristo es la base sobre la cual se sostiene la esperanza de nuestra resurrección corporal. Así lo expresa de manera clara el apóstol Pablo en 1 Co. 15:18, “Entonces los que durmieron en Cristo, perecieron“. Lo que significa que si Cristo no resucitó, entonces todos aquellos que murieron (los apóstoles utilizaban la palabra dormir como sinónimo de morir), habiendo conocido a Cristo, se perdieron para siempre; murieron sin esperanza.

Sin embargo Jesús prometió que ÉL resucitaría e iría al cielo a preparar lugar para cada uno de sus hijos (Jn. 14:1-3). Con  ese mismo poder con que ÉL resucitó de entre los muertos también dará la orden para que en el día de su venida resuciten los muertos en Cristo (Jn. 5:28-29). Algunos intérpretes afirman que la resurrección de los creyentes que murieron y la de los muertos sin Cristo serán en dos etapas distintas. La de los creyentes en el momento del “arrebatamiento” de la iglesia, y la de los impíos, en su segunda venida, siete años después. Esto lo sostienen los que defienden la posición dispensacional.

Otros intérpretes sostienen que habrá una resurrección general en la venida de Cristo donde unos serán resucitados para vida eterna y otros para condenación eterna. Ambas resurrecciones ocurrirán en la segunda venida de Cristo, en el tiempo del fin.

 

II.   ¿Con qué cuerpo resucitarán los  justos?

 

En el versículo 35 en adelante, Pablo procede a aclarar un punto muy importante. Si nuestro cuerpo mortal se ha de deshacer en la tumba, ¿con qué cuerpo resucitarán los creyentes en el día del Señor? El apóstol procede a explicar que no será con el mismo cuerpo con que fuimos sepultados en la tierra. La carne que tenemos es “cuerpo terrenal” que no puede operar ni funcionar en lo celestial. Además es un cuerpo sujeto a corrupción, por eso está establecido que así como vino del polvo, volverá al polvo nuevamente (Gén. 3:19).

Es importante entender que los creyentes muertos NO quedan en la tumba esperando su resurrección. Están desde que mueren físicamente, en la presencia del Señor (Luc. 23:43, 1 Tes. 4:14). Sin embargo, traerá Jesús con él a los que murieron en el Señor y entonces resucitarán con un cuerpo totalmente nuevo. Ese cuerpo que resucitará, será en total incorrupción; es decir, sin pecado ni debilidades ningunas (1 Cor. 15:42-44).

¿Cómo será específicamente ese cuerpo? La Palabra no nos da datos específicos. Solamente nos dice que será mucho mejor que el cuerpo que tenemos ahora: sin enfermedad, sin pecado, sin las debilidades que sufrimos a consecuencia de vivir en cuerpos imperfectos (Apoc. 21:4). Así como traemos la imagen del terrenal (Adán) que es este cuerpo sujeto a pasiones y dolencias, traeremos la imagen del celestial (Cristo). Jesús es primicia de este hecho, y podemos ver que resucitó con un cuerpo glorificado, aunque sus discípulos podían distinguir que era él.

 

III. El destino final de las almas.

 

Según la Palabra de Dios, los creyentes que estén vivos al momento de la venida del Señor, no sufrirán la muerte física, pero si serán transformados en un abrir y cerrar de ojos (1 Cor. 15:51-52, 1 Tes. 4:16-17).

Quiere decir que habrá personas vivas en este mundo, los salvos, que de manera súbita y repentina, sufrirán una transformación física y al igual que los que murieron y vienen con el Señor, recibirán sus cuerpos glorificados y todos (la iglesia universal de Cristo), seremos reunidos en los aires donde Jesús estará esperando a todos sus hijos.

Vamos a poner de manera más clara estos eventos. Todo lo que sigue a continuación será parte de los eventos que ocurrirán cuando venga el final de este mundo y el Señor venga con poder y gloria a traer paz y justicia permanente:

1.  Los muertos en Cristo resucitarán primero.

2.  Los redimidos vivos, serán transformados instantáneamente.

3.  Ambos grupos de creyentes serán recibidos por el Señor en los aires.

4.  Los muertos impíos también serán resucitados, aunque para juicio, después de la gran tribulación.

La Palabra nos enseña claramente que habrá un juicio donde serán abiertos los libros donde están registradas las obras de cada persona que ha vivido sobre la tierra. Nos habla también de un libro muy especial que es el libro de la vida donde están escritos los nombres de todos aquellos que han recibido a Cristo como su Salvador. Todo aquél cuyo nombre no se halle inscrito en el libro de la vida, será condenado eternamente en el lago de fuego (Apoc. 20:11-15).

En cambio, toda persona cuyo nombre si esté inscrito en el Libro del Cordero o Libro de la Vida, podrá entrar confiadamente a la Santa Ciudad celestial (Apoc. 21:27). Algunas sectas, como los Testigos de Jehová y los Adventistas enseñan la doctrina de la “aniquilación” de las almas; esto es, que los impíos serán aniquilados por Dios o dejarán de existir. Sin embargo, la Palabra no nos dice esto. Más bien nos enseña que el castigo será eterno; separados eternamente de la presencia de Dios y de toda gracia (Mat. 13:41-42, Mat. 25:46, 2 Tes. 1:9). Todos estos pasajes enseñan de manera clara que el castigo de los impíos será eterno; sus almas existirán para siempre, aunque excluidos de la presencia de Dios.

 

IV. Conclusión.

Si terrible nos pinta la Escritura el destino final de aquellos que rechazan a Jesucristo y optan por vivir una vida de pecado, a la misma vez nos da una gloriosa esperanza a aquellos que hemos creído en Jesús y hemos confiado plenamente en su sacrificio. Los creyentes podemos tener la completa seguridad de lo que nos espera en la eternidad porque nuestra confianza no está en nuestra propia justicia, sino en lo que Jesús hizo por nosotros y la justicia que él nos ha imputado.

Ante esa realidad, podemos tener una perspectiva muy distinta del propósito de nuestra vida terrenal, y de la muerte que algún día llegará a nosotros. Sabemos que el aguijón de la muerte y el sepulcro no tendrán victoria sobre los escogidos de Dios por el poder de Aquél que resucitó de los muertos. Por eso Pablo termina este maravilloso capitulo diciendo: “AsI que hermanos míos, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (15:58). No es en vano porque sabemos que nos esperan gloriosas recompensas si le servimos con fidelidad y de todo corazón.

 

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