Fotos del palacio de la zarzuela

Date: 19.10.2018, 20:06 / Views: 95494

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{Comenzamos con esta primera entrega un paseo por la ciudad finisecular de la centuria decimonónica y primeros lustros del siglo XX, con especial atención al año 1905. Vamos a recuperar la memoria gráfica de la ciudad y sus habitantes, costumbres y acontecimientos notables, como la llegada de la aeronáutica y el automovilismo, la hambruna última de occidente, las modas femenina y masculina y un amplio repertorio de curiosidades ciudadanas.

Del examen de los planos de Sevilla, desde el mandado levantar por Pablo de Olavide en 1771 hasta el de Antonio de Poley en 1910, se desprende que el perímetro ciudadano no había experimentado transformaciones sustanciales durante casi ciento cincuenta años. Esta evidencia se confirma con los planos publicados por Ángel Pulido en su informe sobre saneamiento y alcantarillado hacia 1900, por Antonio de Padura y Manuel de la Vega en 1891, el demográfico–sanitario de Hauser en 1881 y los de Álvarez y Santigosa de mediados del XIX, junto a otros de la primera mitad de la citada centuria. Hay que llegar hasta los años veinte del pasado siglo para apreciar cambios sustanciales en el trazado urbano y la arquitectura de la ciudad, como consecuencia de la Exposición Iberoamericana (1929).

Las afueras de la ciudad eran prácticamente idénticas en 1910 y 1860, manteniendo el perímetro una longitud de unos dieciocho kilómetros y el conjunto urbano una superficie de poco más de cinco kilómetros cuadrados. Situándonos en 1905 observamos fuera del área del antiguo recinto amurallado siete núcleos de población que constituían los arrabales de los Humeros, la Macarena; San Roque y la Calzada; San Bernardo; la Resolana, la Carretería y el Baratillo; la Cestería, y Triana. Este último era el más importante en extensión, población, edificios y economía, formando una unidad de convivencia completa en la margen derecha del Guadalquivir que se comunicaba con el núcleo central sevillano por medio del puente llamado de Triana (1852) y una pasarela en Chapina (1898) que tenía la doble función de paso peatonal y soporte de la conducción de agua, además de otro puente para el ferrocarril Sevilla–Huelva (1880).

Triana contaba con cincuenta calles y varias plazuelas, cementerio y mercado de abastos, unos mil quinientos edificios y cerca de dieciocho mil habitantes, censo superior al de algunas capitales de provincia en su época, según matiza Vicente Gómez Zarzuela. Entre el río y el casco central se encontraban los Humeros –siete calles y una plaza–, zona donde estuvo la casa de Hernando Colón y cuyo único recuerdo, al comienzo de la centuria, era un corpulento zapote procedente del huerto del hijo del descubridor de América; la Cestería –veintitrés calles–, lugar de la cárcel del Pópulo y del cuartel de Milicias, y el conjunto formado por la Carretería, el Baratillo y la Resolana veintidós calles en total–, sector con mucho movimiento socioeconómico por encontrarse allí localizados el hospital de la Santa Caridad, la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería, la Maestranza y Parque de Artillería y diversas industrias y comercios afines al tráfico portuario.

Por la zona Norte extendía la Macarena sus quince calles, y por el Este era el arrabal de San Roque–Calzada el más populoso, con veintinueve calles y cuatro plazas. Alrededor de San Bernardo –dieciocho calles– estaban la estación ferroviaria Sevilla–Jerez–Cádiz, la Fundición de Artillería, la Pirotecnia Militar, el Matadero y el cuartel de Caballería que años después fue utilizado por la Intendencia militar.

El templete de la Cruz del Campo (1482), que debería haber sido objeto de especiales cuidados y aprovechamiento urbano por las autoridades en todas las épocas, por ser una reliquia de múltiples valores religiosos, culturales e históricos de primeras magnitudes, simboliza la incuria que ha arruinado tantas riquezas únicas de nuestro patrimonio. El citado templete fue trasladado a este lugar en 1521 por el primer marqués de Tarifa. Como obras básicas de síntesis indicamos Vía Crucis a la Cruz del Campo, de Joaquín González Moreno, publicada en 1992 por Editorial Castillejo; y El Humilladero de la Cruz del Campo y la religiosidad sevillana, de José Roda Peña, Manuel García Fernández y Federico García de la Concha Delgado, editada en 1999 por la Fundación Cruzcampo.

El automóvil era una máquina desconocida en las calles sevillanas durante los primeros años del siglo XX, máxime si tenemos en cuenta que en 1900 sólo había en España tres vehículos matriculados y que al término de la primera década del siglo sumaban 3.996 unidades. No obstante, circulaban algunos vehículos llegados a Sevilla en viajes de turismo o exhibición comercial, que acapararon la atención y fueron objeto de curiosos comentarios. En 1905 se matriculó en Sevilla el primer automóvil y la placa SE–1 correspondió a un Renault adquirido por Vicente Turmo Romera. Aquel mismo año se matricularon seis vehículos, correspondiendo la placa SE–2 a un Ford propiedad del matador de toros Emilio Torres Bombita, y la placa SE–3 a un Itala del empresario labrador Vicente Turmo Benjumea. Al término de la primera década del siglo XX, el parque automovilístico sevillano sumaba la respetable cantidad de setenta y siete unidades.

Marcelo Spínola y Maestre (San Fernando, Cádiz, 14 de enero de 1835–Sevilla, 19 de enero de 1906), aparece en este dibujo publicado por El Correo de Andalucía en 1983, durante su visita al mercado de abastos de la Encarnación, pidiendo limosnas para los pobres campesinos afectados por la hambruna en el verano de 1905, después de un prolongado tiempo de sequía iniciado en el otoño de 1904. Spínola, beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 29 de marzo de 1987, tiene fijada su festividad litúrgica el día 19 de enero, fecha de su fallecimiento en olor de santidad. Fue venerado siempre como el arzobispo mendigo por una ciudad que lo tuvo por santo aún en vida y como párroco de San Lorenzo, obispo auxiliar (1881–1884) arzobispo (1895–1906) y cardenal (1905).

La situación conflictiva del agro andaluz en los albores del siglo XX, con la campiña sevillana de protagonista y Lebrija como foco principal, fue tema de una serie de crónicas escritas por Azorín para el diario madrileño El Imparcial durante la primavera seca de 1905.

Santiago Montoto, en Abc (7 de octubre de 1958), recuperó el testimonio de humildad del arzobispo Marcelo Spínola, que estando gravemente enfermo salió dos días agosteños a la calle para pedir limosnas para los obreros hambrientos, hecho que José María Javierre relata con amplitud en su biografía titulada Don Marcelo de Sevilla (1963).

Así lo escribió Montoto: «Iba destocado; sobre sus hombros llevaba la capa morada de lanilla; el sol lo abrasaba; el sudor bañaba su rostro, lívido, sofocado por el calor agosteño; en los labios, su inefable sonrisa; su caminar era lento; andaba por las calles céntricas y por los barrios bajos; entraba en los palacios y bajaba a los tugurios; visitaba casinos y entraba en las tabernas y mercados. En todas partes tendía su mano esquelética pidiendo para los pobres hambrientos, y en todas partes ni uno sólo le negó el consuelo que pedía».

Las hambrunas fueron una constante en el campo andaluz como compañeras inseparables de la agricultura de secano en tiempos de sequía. Juan Díaz del Moral (Bujalance, Córdoba, 1870–Córdoba, 1948), en Historia de las agitaciones campesinas andaluzas (1929 y 1967), recuperó la memoria decimonónica de las causas del paro obrero agrícola y sus consecuencias cíclicas, el hambre y la crisis social. Por este autor conocemos que las últimas grandes hambrunas, tenidas como verdaderas catástrofes sociales, fueron en los veranos de 1882, 1863, 1835, 1834, 1817 y 1812.

Joaquín Costa fue el apóstol del agua, sin la cual no habría nunca redención para los braseros campesinos, y resumió su pensamiento en una sola frase: los problemas endémicos de España sólo pueden solucionarse con escuelas y despensas. España era en materia de enseñanza primaria el peor ejemplo de Europa, como denunciaron varios autores durante el primer tercio del siglo XX, especialmente Luis Bello en Viaje por las escuelas de España (1929), y John Chamberlain en El atraso de España (1918). Sobre la lacra social del analfabetismo hay expresivos testimonios en el semanario Andalucía Futura de los años 1920 y 1921. En cuanto al regadío agrícola, hay que decir que sencillamente no existía, era un tabú para los grandes terratenientes, pese a las hambrunas que se producían en tiempos de sequías. Paro obrero, sequía y hambre fueron temas para Leopoldo Alas Clarín como enviado especial del diario ovetense El Día, en 1882, dato aportado por el escritor Julio Manuel de la Rosa en Diario de Sevilla (3 de abril de 2001). Clarín firmó veintidós crónicas demoledoras con el título genérico de El hambre en Andalucía.

Paralelamente a proyectos urbanísticos nacidos en el siglo XIX y en general no realizados hasta los años de la Exposición de 1929, se produjeron las Arquitecturas del Modernismo (1900–1904–1914) y del Regionalismo (1891–1900–1935) en Sevilla.

El primer vuelo efectuado en el cielo de Sevilla ocurrió el 28 de marzo de 1910, en la dehesa de Tablada y en el circuito del Hipódromo. Entonces se celebró la Semana de Aviación, promovida por el alcalde conde de Halcón, donde intervinieron los pilotos extranjeros Olieslagers, Kulhing, Barrier y Tick, con pruebas de despegue, velocidad, duración y viraje. La copa de Sevilla la ganó el primer aviador citado, que voló durante una hora por el cielo de Tablada. El aparato utilizado, idéntico al que aparece en la fotografía procedente del archivo del historiador Juan Antonio Guerrero Misa, fue un Bleriot XI monoplano, con motor Anzani de 25 cv.

En 1903–1904 la familia Osborne contribuyó a la industrialización sevillana de primeros del siglo XX, y logró crear, acreditar y mantener una marca que hoy está vinculada a la historia de la ciudad y de la cerveza nacional. El edificio fundacional de La Cruz del Campo (Fotografía de Juan Barrera Gómez), fue terminado en 1903 por los arquitectos alemanes Wilhen Wrist y Friedreich Stoltze, según la ficha técnica que Juan García Gil y Luis Peñalver Gómez incluyen en su obra titulada Arquitectura Industrial en Sevilla (Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnico, 1986). El edificio original fue modificado parcialmente por los arquitectos Felipe y Rodrigo Medina Benjumea (1940, 1960 y 1969), Manuel Trillo de Leyva (1969) y Víctor Pérez Escolano (1976). Este edificio fundacional de la fábrica se mantiene por la empresa como sede de la Fundación Cruzcampo.

Así era el tipismo del Novecientos. Desde el inicio de la Feria, las principales casetas como las del Ayuntamiento y los Casinos, optaron por diseños espectaculares que nada tenían que ver con el estilo local, es decir, las casillas de lona. Estas, en las primeras décadas, fueron cónicas. Las imágenes que reproducimos, fueron tarjetas postales a principios del siglo XX. La primera es la caseta del Círculo Mercantil (1904), exornada como un palacio japonés; la segunda fue caseta del Ayuntamiento en 1905, simulando un palacio árabe.

Comenzamos con esta primera entrega un paseo por la ciudad finisecular de la centuria decimonónica y primeros lustros del siglo XX, con especial atención al año 1905. Vamos a recuperar la memoria gráfica de la ciudad y sus habitantes, costumbres y acontecimientos notables, como la llegada de la aeronáutica y el automovilismo, la hambruna última de occidente, las modas femenina y masculina y un amplio repertorio de curiosidades ciudadanas.

Del examen de los planos de Sevilla, desde el mandado levantar por Pablo de Olavide en 1771 hasta el de Antonio de Poley en 1910, se desprende que el perímetro ciudadano no había experimentado transformaciones sustanciales durante casi ciento cincuenta años. Esta evidencia se confirma con los planos publicados por Ángel Pulido en su informe sobre saneamiento y alcantarillado hacia 1900, por Antonio de Padura y Manuel de la Vega en 1891, el demográfico–sanitario de Hauser en 1881 y los de Álvarez y Santigosa de mediados del XIX, junto a otros de la primera mitad de la citada centuria. Hay que llegar hasta los años veinte del pasado siglo para apreciar cambios sustanciales en el trazado urbano y la arquitectura de la ciudad, como consecuencia de la Exposición Iberoamericana (1929).

Las afueras de la ciudad eran prácticamente idénticas en 1910 y 1860, manteniendo el perímetro una longitud de unos dieciocho kilómetros y el conjunto urbano una superficie de poco más de cinco kilómetros cuadrados. Situándonos en 1905 observamos fuera del área del antiguo recinto amurallado siete núcleos de población que constituían los arrabales de los Humeros, la Macarena; San Roque y la Calzada; San Bernardo; la Resolana, la Carretería y el Baratillo; la Cestería, y Triana. Este último era el más importante en extensión, población, edificios y economía, formando una unidad de convivencia completa en la margen derecha del Guadalquivir que se comunicaba con el núcleo central sevillano por medio del puente llamado de Triana (1852) y una pasarela en Chapina (1898) que tenía la doble función de paso peatonal y soporte de la conducción de agua, además de otro puente para el ferrocarril Sevilla–Huelva (1880).

Triana contaba con cincuenta calles y varias plazuelas, cementerio y mercado de abastos, unos mil quinientos edificios y cerca de dieciocho mil habitantes, censo superior al de algunas capitales de provincia en su época, según matiza Vicente Gómez Zarzuela. Entre el río y el casco central se encontraban los Humeros –siete calles y una plaza–, zona donde estuvo la casa de Hernando Colón y cuyo único recuerdo, al comienzo de la centuria, era un corpulento zapote procedente del huerto del hijo del descubridor de América; la Cestería –veintitrés calles–, lugar de la cárcel del Pópulo y del cuartel de Milicias, y el conjunto formado por la Carretería, el Baratillo y la Resolana veintidós calles en total–, sector con mucho movimiento socioeconómico por encontrarse allí localizados el hospital de la Santa Caridad, la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería, la Maestranza y Parque de Artillería y diversas industrias y comercios afines al tráfico portuario.

Por la zona Norte extendía la Macarena sus quince calles, y por el Este era el arrabal de San Roque–Calzada el más populoso, con veintinueve calles y cuatro plazas. Alrededor de San Bernardo –dieciocho calles– estaban la estación ferroviaria Sevilla–Jerez–Cádiz, la Fundición de Artillería, la Pirotecnia Militar, el Matadero y el cuartel de Caballería que años después fue utilizado por la Intendencia militar.

El templete de la Cruz del Campo (1482), que debería haber sido objeto de especiales cuidados y aprovechamiento urbano por las autoridades en todas las épocas, por ser una reliquia de múltiples valores religiosos, culturales e históricos de primeras magnitudes, simboliza la incuria que ha arruinado tantas riquezas únicas de nuestro patrimonio. El citado templete fue trasladado a este lugar en 1521 por el primer marqués de Tarifa. Como obras básicas de síntesis indicamos Vía Crucis a la Cruz del Campo, de Joaquín González Moreno, publicada en 1992 por Editorial Castillejo; y El Humilladero de la Cruz del Campo y la religiosidad sevillana, de José Roda Peña, Manuel García Fernández y Federico García de la Concha Delgado, editada en 1999 por la Fundación Cruzcampo.

El automóvil era una máquina desconocida en las calles sevillanas durante los primeros años del siglo XX, máxime si tenemos en cuenta que en 1900 sólo había en España tres vehículos matriculados y que al término de la primera década del siglo sumaban 3.996 unidades. No obstante, circulaban algunos vehículos llegados a Sevilla en viajes de turismo o exhibición comercial, que acapararon la atención y fueron objeto de curiosos comentarios. En 1905 se matriculó en Sevilla el primer automóvil y la placa SE–1 correspondió a un Renault adquirido por Vicente Turmo Romera. Aquel mismo año se matricularon seis vehículos, correspondiendo la placa SE–2 a un Ford propiedad del matador de toros Emilio Torres Bombita, y la placa SE–3 a un Itala del empresario labrador Vicente Turmo Benjumea. Al término de la primera década del siglo XX, el parque automovilístico sevillano sumaba la respetable cantidad de setenta y siete unidades.

Marcelo Spínola y Maestre (San Fernando, Cádiz, 14 de enero de 1835–Sevilla, 19 de enero de 1906), aparece en este dibujo publicado por El Correo de Andalucía en 1983, durante su visita al mercado de abastos de la Encarnación, pidiendo limosnas para los pobres campesinos afectados por la hambruna en el verano de 1905, después de un prolongado tiempo de sequía iniciado en el otoño de 1904. Spínola, beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 29 de marzo de 1987, tiene fijada su festividad litúrgica el día 19 de enero, fecha de su fallecimiento en olor de santidad. Fue venerado siempre como el arzobispo mendigo por una ciudad que lo tuvo por santo aún en vida y como párroco de San Lorenzo, obispo auxiliar (1881–1884) arzobispo (1895–1906) y cardenal (1905).

La situación conflictiva del agro andaluz en los albores del siglo XX, con la campiña sevillana de protagonista y Lebrija como foco principal, fue tema de una serie de crónicas escritas por Azorín para el diario madrileño El Imparcial durante la primavera seca de 1905.

Santiago Montoto, en Abc (7 de octubre de 1958), recuperó el testimonio de humildad del arzobispo Marcelo Spínola, que estando gravemente enfermo salió dos días agosteños a la calle para pedir limosnas para los obreros hambrientos, hecho que José María Javierre relata con amplitud en su biografía titulada Don Marcelo de Sevilla (1963).

Así lo escribió Montoto: «Iba destocado; sobre sus hombros llevaba la capa morada de lanilla; el sol lo abrasaba; el sudor bañaba su rostro, lívido, sofocado por el calor agosteño; en los labios, su inefable sonrisa; su caminar era lento; andaba por las calles céntricas y por los barrios bajos; entraba en los palacios y bajaba a los tugurios; visitaba casinos y entraba en las tabernas y mercados. En todas partes tendía su mano esquelética pidiendo para los pobres hambrientos, y en todas partes ni uno sólo le negó el consuelo que pedía».

Las hambrunas fueron una constante en el campo andaluz como compañeras inseparables de la agricultura de secano en tiempos de sequía. Juan Díaz del Moral (Bujalance, Córdoba, 1870–Córdoba, 1948), en Historia de las agitaciones campesinas andaluzas (1929 y 1967), recuperó la memoria decimonónica de las causas del paro obrero agrícola y sus consecuencias cíclicas, el hambre y la crisis social. Por este autor conocemos que las últimas grandes hambrunas, tenidas como verdaderas catástrofes sociales, fueron en los veranos de 1882, 1863, 1835, 1834, 1817 y 1812.

Joaquín Costa fue el apóstol del agua, sin la cual no habría nunca redención para los braseros campesinos, y resumió su pensamiento en una sola frase: los problemas endémicos de España sólo pueden solucionarse con escuelas y despensas. España era en materia de enseñanza primaria el peor ejemplo de Europa, como denunciaron varios autores durante el primer tercio del siglo XX, especialmente Luis Bello en Viaje por las escuelas de España (1929), y John Chamberlain en El atraso de España (1918). Sobre la lacra social del analfabetismo hay expresivos testimonios en el semanario Andalucía Futura de los años 1920 y 1921. En cuanto al regadío agrícola, hay que decir que sencillamente no existía, era un tabú para los grandes terratenientes, pese a las hambrunas que se producían en tiempos de sequías. Paro obrero, sequía y hambre fueron temas para Leopoldo Alas Clarín como enviado especial del diario ovetense El Día, en 1882, dato aportado por el escritor Julio Manuel de la Rosa en Diario de Sevilla (3 de abril de 2001). Clarín firmó veintidós crónicas demoledoras con el título genérico de El hambre en Andalucía.

Paralelamente a proyectos urbanísticos nacidos en el siglo XIX y en general no realizados hasta los años de la Exposición de 1929, se produjeron las Arquitecturas del Modernismo (1900–1904–1914) y del Regionalismo (1891–1900–1935) en Sevilla.

El primer vuelo efectuado en el cielo de Sevilla ocurrió el 28 de marzo de 1910, en la dehesa de Tablada y en el circuito del Hipódromo. Entonces se celebró la Semana de Aviación, promovida por el alcalde conde de Halcón, donde intervinieron los pilotos extranjeros Olieslagers, Kulhing, Barrier y Tick, con pruebas de despegue, velocidad, duración y viraje. La copa de Sevilla la ganó el primer aviador citado, que voló durante una hora por el cielo de Tablada. El aparato utilizado, idéntico al que aparece en la fotografía procedente del archivo del historiador Juan Antonio Guerrero Misa, fue un Bleriot XI monoplano, con motor Anzani de 25 cv.

En 1903–1904 la familia Osborne contribuyó a la industrialización sevillana de primeros del siglo XX, y logró crear, acreditar y mantener una marca que hoy está vinculada a la historia de la ciudad y de la cerveza nacional. El edificio fundacional de La Cruz del Campo (Fotografía de Juan Barrera Gómez), fue terminado en 1903 por los arquitectos alemanes Wilhen Wrist y Friedreich Stoltze, según la ficha técnica que Juan García Gil y Luis Peñalver Gómez incluyen en su obra titulada Arquitectura Industrial en Sevilla (Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnico, 1986). El edificio original fue modificado parcialmente por los arquitectos Felipe y Rodrigo Medina Benjumea (1940, 1960 y 1969), Manuel Trillo de Leyva (1969) y Víctor Pérez Escolano (1976). Este edificio fundacional de la fábrica se mantiene por la empresa como sede de la Fundación Cruzcampo.

Así era el tipismo del Novecientos. Desde el inicio de la Feria, las principales casetas como las del Ayuntamiento y los Casinos, optaron por diseños espectaculares que nada tenían que ver con el estilo local, es decir, las casillas de lona. Estas, en las primeras décadas, fueron cónicas. Las imágenes que reproducimos, fueron tarjetas postales a principios del siglo XX. La primera es la caseta del Círculo Mercantil (1904), exornada como un palacio japonés; la segunda fue caseta del Ayuntamiento en 1905, simulando un palacio árabe.





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